Revista cultural de la zona centro del Estado de México

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Hipérbatos

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Nasreddin, o Nasrudín, es un personaje mítico de la tradición popular sufí, una especie de antihéroe del Islam, cuyas historias sirven para ilustrar o introducir las enseñanzas sufíes. Se supone vivió en la Península Anatolia en una época indeterminada entre los siglos XIII y XV.

Su origen es medieval y se le conoce en lugares como Egipto, Síria, Asia central, Pakistán y la India. También en Turquía y Rusia. Su fama se extiende desde Mongolia hasta Turquía, e incluso el sur de Italia, en Sicilia (donde es conocido por el nombre de Giufà) y en Cerdeña, y sus aventuras y anécdotas se cuentan en multitud de lenguas distintas.

Nasrudín es un Mullahh (maestro) que protagoniza una larga serie de historias-aventuras-cuentos-anécdotas, representando distintos papeles: agricultor, padre, juez, comerciante, sabio, maestro o tonto. Cada una de estas historias cortas hace reflexionar a quién la lee u oye, como una fábula, y además suelen ser humorísticas, con el humor simple de lo cotidiano, a veces con contrasentidos y aparentes absurdos.

Las dos mujeres de Nasrudín

Las dos mujeres de Nasrudín le preguntaron un día a cuál de las dos quería más. Evitando pronunciarse, el Mullah contestó por prudencia, dijo que las quería a las dos por igual. Ellas insistieron, él persistió. Entonces la más joven de las dos le preguntó: -Si las dos estuviésemos en una barca y ésta volcase, ¿a cuál de las dos salvarías primero? Nasrudín miró a la de más edad y le Nasrudín miró a la de más edad y le preguntó: -Tú sabes nadar un poco, ¿no?

Ninguna oreja, ningún crimen

Un día, el juez pidió a Nasrudín que le ayudara a resolver un problema legal.

—¿Cómo me sugerirías que castigue a un difamador?

—Córtales las orejas a todos los que escuchan sus mentiras -replicó el Mullah.

Sendas diferentes

Tú eres un gran místico -le dijo uno de sus pupilos a Nasrudín-, y sin duda sabrás por qué los hombres siguen sendas diferentes a lo largo de su vida, en vez de seguir todos una única senda.

Sencillo -contestó el maestro-. Si todo el mundo siguiera la misma senda, todos acabaríamos en el mismo lugar; el mundo, perdido el equilibrio, se inclinaría, y todos nos caeríamos al océano.

Nasrudín y el huevo

Cierta mañana Nasrudín envolvió un huevo en un pañuelo, se fue al centro de la plaza de su ciudad y llamó a los que pasaban por allí. -¡Hoy tendremos un importante concurso! -dijo-, ¡Quien descubra lo que está envuelto en este pañuelo, recibirá de regalo el huevo que está dentro! Las personas se miraron, intrigadas, y respondieron: -¿Cómo podemos saberlo? ¡Ninguno de nosotros es adivino! Nasrudín insistió: -Lo que está en este pañuelo tiene un centro que es amarillo como una yema, rodeado de un líquido del color de la clara, que a su vez está contenido dentro de una cáscara que se rompe fácilmente. Es un símbolo de fertilidad, y nos recuerda a los pájaros que vuelan hacia sus nidos. Entonces, ¿quién puede decirme lo que está escondido? Todos los habitantes pensaban que Nasrudín tenía en sus manos un huevo, pero la respuesta era tan obvia que nadie quiso pasar vergüenza delante de los otros. ¿Y si no fuese un huevo, sino algo muy importante, producto de la fértil imaginación mística de los sufíes? Un centro amarillo podía significar algo del sol, el líquido a su alrededor tal vez fuese algún preparado de alquimia. No, aquel loco estaba queriendo que alguien hiciera el ridículo. Nasrudín preguntó dos veces más y nadie se arriesgó a decir algo impropio. Entonces él abrió el pañuelo y mostró a todos el huevo. -Todos vosotros sabíais la respuesta -afirmó- y nadie osó traducirla en palabras.

El costo de aprender

Nasrudín decidió que podía beneficiarse aprendiendo algo nuevo y fue a visitar a un renombrado maestro de música:

- ¿Cuánto cobra usted para enseñarme a tocar la flauta? - preguntó Nasrudín.

- Tres piezas de plata el primer mes; después una pieza de plata por mes - contestó el maestro.

-¡Perfecto! - dijo Nasrudín; - comenzaré en el segundo mes.

Hipérbatos

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El solipsista
Fredric Brown
Walter B. Jehovah, por cuyo nombre no pido excusas desde que realmente fue su nombre, ha sido un solipsista toda la vida. Un solipsista, en el caso de que no conozcas la palabra, es alguien que cree que él es la única cosa que existe realmente, que el resto de la gente y el universo en general existe sólo en su imaginación, y que si él dejara de imaginarlos su existencia acabaría.Un día Walter B. Jehovah comenzó a practicar el solipsismo. En una semana su mujer se escapó con otro hombre, perdió su trabajo como agente marítimo y se rompió la pierna en la persecución de un gato negro tratando de evitar que se cruzara en su camino.Decidió, en la cama del hospital, acabar con todo.Mirando a través de su ventana, hacia las estrellas, deseó que no existieran, y no estuvieron allí nunca más. Entonces él deseó que no existiera ninguna otra persona, y el hospital comenzó a estar demasiado tranquilo incluso para un hospital. Lo siguiente, el mundo, y se encontró suspendido en un vacío. Se libró de su cuerpo, y dió el paso final para tratar de acabar con su propia existencia.No ocurrió nada.Extraño, pensó. ¿Puede haber un límite para el solipsismo?"Sí", dijo una voz."¿Quién eres?", preguntó Walter B. Jehovah."Soy el único que creó el universo que acabas de aniquilar. Y ahora tú has tomado mi lugar". Hubo un enorme suspiro. "Puedo, finalmente, acabar con mi existencia, encontrar olvido, y dejarte tomar posesión"."Pero, ¿cómo puedo dejar de existir? Eso es lo que estoy intentando hacer". "Sí, lo sé", dijo la voz. "Debes hacerlo del mismo modo que yo lo hice. Crea un universo. Espera hasta que alguien en él crea realmente lo que tú creíste y trate de dejar de existir. Entonces te puedes retirar y dejarle tomar posesión. Adios."Y la voz se fue.Walter B. Jehovah estaba sólo en el vacío, y era la única cosa que podía hacer.Creó el cielo y la tierra.Tardó siete días. APRENDEDGEOMETRIAHenry miró el reloj, a las dos de la mañana cerró el libro desesperado.Seguramente lo suspenderían al día siguiente. Cuanto más estudiaba geometría, menos la comprendía. Había fracasado ya dos veces. Con seguridad lo echarían de la Universidad. Sólo un milagro podía salvarlo. Se enderezó.¿Un milagro? ¿Por qué no? Siempre se había interesado por la magia. Tenía libros. Había encontrado instrucciones muy sencillas para llamar a los demonios y someterlos a su voluntad. Nunca había probado. Y aquel era el momento o nunca. Tomó de la estantería su mejor obra de magia negra. Era sencillo. Algunas fórmulas. Ponerse a cubierto en un pentágono. Llega el demonio, no puede hacernos nada y se obtiene lo que se desea. El triunfo es vuestro!Despejó el piso retirando los muebles contra las paredes. Luego dibujó en el suelo, con tiza, el pentágono protector. Por fin pronunció los encantamientos.El demonio era verdaderamente horrible, pero Henry se armó de coraje.-Siempre he sido un inútil en geometría - comenzó…¡A quién se lo dices! - replicó el demonio, riendo burlonamente.Y cruzó, para devorarse a Henry, las líneas del hexágono que aquel idiota había dibujado en vez del pentágono.
Fredric Brown nació en Cincinnati (Ohio) el 29 de octubre de 1906. Se graduó en el Hanover College de Indiana y desempeñó durante su juventud los más variados trabajos.Es considerado por muchos, el maestro indiscutido del relato supercorto, inimitable en su habilidad para crear en una o dos páginas todo un mundo lleno de sugerencias e implicaciones. Su humor endiablado, su imaginación portentosa y su dominio del idioma son los tres factores que sitúan a Brown a la altura de un Bierce o un Salinger como autor de relatos breves y hacen de él una figura singularísima en el campo de la ciencia ficción.Tras residir largo tiempo en California, se trasladó a Tucson (Arizona) en busca de un clima más apropiado para sus deficiencias respiratorias. Allí murió en 1972.

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