En un alma llena cabe todo
y en un alma vacía no cabe nada
¿quién comprende?
Antonio Porchia.
Se propuso, todos juntos en charla de café, un jueves o viernes; quien fumaba, quien no, quien comenzó a temblar tras la segunda
taza de estimulante, quien revisaba su
notebok, quien escribía a mano
distraídamente mientras seguía con la
mirada el paso de la mesera.
Los argumentos por los que sí: variopintos. El motivo: preparar el número de marzo del
Ocotito. El tema: la ausencia. El final de la
reunión: nos va a faltar espacio. Qué
importa, después lo abordamos de nuevo.
Mejor.
Así, chamacones, es como llegamos a conformar el número que están
leyendo. La premisa es la ausencia. ¿Ausencia de qué?, se preguntará el
avezado lector y la respuesta también la tiene el preguntón.
Si buscamos, cada uno de nosotros somos parte de una ausencia o del
contenido de ella, asunto humano al fin de cuentas y ¿de qué ausencias, el honorable Ocotito puede hablar?
Esa, mi pequeño saltamontes, es la pregunta correcta.
Las que competen al Ocotito son la derivadas de los asuntos culturales: ya la ausencia de programas oficiales, ya la falta de sensibilidad, ya la
ausencia de cartas de amor de curso legal ($$$), ya la ausencia de tiempo, y el reloj tras de nos para cerrar la edición.
Y como una ausencia implica tener espacio a utilizar, aquí nuestra propuesta para des-ausenciar. No queremos tapar huecos, sí llenar vacíos.
Disfruten las siguientes páginas y nos leemos en el siguiente número.
El Ocotito,
que siente como que le falta algo, pero no sabe muy bien qué.
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