Industria cultural y web 2.0
Alejandro León Meléndez
Apresurado por las voces de la conciencia, la amistad y el editor, escribo este texto. Práctica común de muchos texticulistas: dejar la redacción hasta el último momento. Uno de los muchos clichés alrededor del artista: sólo trabajo cuando descienden las musas hasta mí. Es por eso que en Ideosphérica procuramos usar otro adjetivo en lugar del de artista o el de creador (más divinizante que el primero): productor artístico. Pero eso es otro tema, y deberá ser tratado durante otro ataque narcoléptico.
Me acusaba de escribir este texto apresuradamente, pero el apresuramiento no es lo único que agudiza mi culpabilidad: durante estas semanas un proyecto ideosphérico está un tanto detenido. La versión digital de El ocotito. Excusas tengo y los coempresarios lo saben.
Aunque las excusas no son el tema aquí, me comprometo a que, aunque durante febrero no sucedió, esta columna podrá ser leída en versiones impresa y digital, en la página elokotito.blogspot.com.
Explico la culpabilidad: uno de mis argumentos durante las sesiones de trabajo ideospherizantes (también narcolépticas, para qué negarlo) es la necesidad de comprender a la Internet como opción primordial en la creación y desarrollo de una industria cultural. Los primeros conceptos empatan: cultura como sistema de símbolos e Internet como un mundo de símbolos. Sin embargo, en la práctica, las cosas no son tan sencillas. Todos conocemos proyectos que utilizan a la Internet como una ventana, por medio de blogs e incluso páginas completas. Algunas diseñadas por profesionales y otras, la mayoría, por el propio gestor cultural. Todos hemos sido víctimas del espam culturoso, esa larga cadena de correos electrónicos que nos invitan a acudir a una tocada, a una exposición, a la presentación oficial de El ocotito, por dar algunos ejemplos. Y, aunque todo el mundo dice que la Internet es la neta, en la vida real parece no funcionar. La comunidad a la que hemos convocado no se presenta o nadie visita la página que con tanto esmero hemos creado.
Las razones son muchas. Pero, como siempre he creído, las acciones deben partir de la comprensión, o por lo menos la homologación de conceptos, cuantimás en el caso culturero. Y uno de esos conceptos que debemos tener en mente es el de web 2.0. Término más o menos reciente, que está tan de moda como en algún momento lo estuvo el de empresas punto com. Son como los platillos afganos: nadie sabe cómo se comen, pero todos sabemos que dan asco. O algo así.Y como El ocotito tampoco es esta empresa que ofrece lecturas digeridas, no pienso explicarles lo que esto significa. Baste con que los envíe (si estás en el blog nomás apachurra en el enlace, pero si estás en la versión impresa transcríbelo en el navegador de tu preferencia) a la siguiente dirección: http://www.redinterlocal.org/Industrias-Culturales-basadas-en, y descarga el archivo adjunto.
¿Y por qué habrías de leerlo? Bueno, pues es el resumen de un estudio de David Casacuberta, y equipo de investigadores, auspiciado y editado, al menos en su versión digital, por el Banco Interamericano de Desarrollo (el BID por sus siglas en español) y que entre sus asesores tiene al barcelonés Ramón Castells, especialista en comunidades virtuales y creador del concepto organización red tan mentado en los últimos años.
Este informe busca comprender errores y aciertos de las industrias culturales gestadas y creadas a partir de la web 2.0, en las famosas redes sociales distribuidas (ojo con el anexo de "distribuidas"). Además, ofrece un listado de las prácticas positivas, y analiza diez industrias culturales en América Latina (ojo con esto último) que han obtenido lo que buscan: ganancias en el ámbito cultural (ojo en las ganancias).
¿La trampa? Casi ninguna. Bueno, sí: para obtener el informe hay que pertenecer a una red social distribuida: Red Interlocal. Aunque acceder a esta y otras obras sea gratuito, casi siempre nos da miedo o pereza o soberbia darle click en: sí, quiero ser parte de esta red social.
Una última cosilla, nomás para picar la costilla: según especialistas al correo electrónico le quedan 10 años de vida. Incluso en la actualidad, el correo electrónico, entre los más jóvenes, ya no goza de buena salud. ¿Qué sigue? Las redes sociales distribuidas.
Los dejo con besos y apapachos de letras: ahora es mi voz la que me apresura a ir a dormir: ya escribí, ya incidí, ya no me hallo aquí.
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